La Espiritualidad

Columna de Opinión

Saludos, estimados lectores del semanario “Centroccidente”. Trataremos de: la espiritualidad es la esencia sublime de una persona, su conciencia, la fuerza interna de su ser, un destello del fuego supremo, el manantial de amor que mana de su corazón iluminando  su vida. Por tanto, la conciencia tiene cualidades como la voluntad, el amor, la sabiduría e inteligencia. De allí que, la voluntad espiritual, el amor y la mente espiritual forman la individualidad que viene a ser el  germen de la vida divina de cada ser humano, que durante el proceso de evolución  se transforman en poderes con toda la plenitud. Siendo este el canal  a través del cual  funciona el campo de las manifestaciones, reflejando la forma clara de su naturaleza divina, innata en los seres humanos como la creación perfecta de Dios. Siendo capaces de percibir y comprender la realidad exenta de ilusiones.

Dentro de la espiritualidad se encuentran la mente humana espiritual que contienen las intuiciones que son las percepciones claras y directas de las verdades. En este aspecto de la espiritualidad es necesario orar con fe, para recibir la luz del discernimiento sobre las intuiciones y  percepciones de cuando son reales o simple producto de la imaginación humana. Sin embargo, por encima  de todos éstos conceptos esta el poder Omnipotente, la Mano Poderosa, el Alfa de donde proviene todo destello de sabiduría, el germen de la vida y el poder divino que transforma el corazón del hombre iniciando un proceso de renacimiento espiritual  hacia la divinidad  por medio de la palabra de Dios  que vive y permanece para siempre.

En consecuencia la espiritualidad no viene por casualidad, es necesario buscarla para poder sentirla  y compartirla. Por ende la fuente primaria se encuentra  en la humildad que es el accesorio que nos presenta con mayor lucidez que una perla. Igualmente en el reconocimiento de la existencia de Dios, con la seguridad  que esta vivo, y se encuentra  en la sonrisa de un niño, en la brisa que golpea nuestro rostro, en  días de lluvia, soleados,  en el mendigo, en el anciano que llora la soledad, en el joven que vive su frivolidad, en el rico, en el negro en el pobre,  en el huérfano, en el indio, en el amanecer, en el atardecer, en el anochecer, en el canto de las aves, en las aguas de los manantiales en las lagrimas de una madre,  en todas partes esta la presencia de Dios. Lo sentimos, lo oímos, hablamos con El.  Por ello, es necesario Orar.

 ¡Hasta la próxima edición!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba
Share This